jueves, 1 de octubre de 2009

PROCEDIMIENTO CONCURSAL *


Reunidos todos en un círculo. Sentados, con las manos sobre los muslos. Las miradas fijas quizás en la nada, quizás en cada uno de los participantes de aquel procedimiento. Eran miradas severas entremezcladas con aburrimiento. Todos callados, uniformados, recelosos, inquietos y expectantes. Estaban esperando la hora, estaban esperando que su espera llegara al final.





Era un cuarto pequeño, iluminado tenuemente por la luz que se colaba por una ventana proveniente del cielo raso. Sin más ventanas, sin puertas, solo un arco daba paso a la sala en la que esperaban. No había mesa ni tampoco algún amoblado adicional, sólo las sillas ocupadas por los presentes y una libre para alguien que aun no había llegado





Cada uno de ellos tenía algo importante que decir, una posición que defender. Ninguno cedería ante los otros. Era una pugna por ser reconocidos y obtener alguna prerrogativa que los aventaje frente a los demás. Cada uno tenía un buen argumento que exponer, y los medios y fundamentos que los acreditaban en el orden de prelación que aspiraban.





Y el encargado de presidir tan extraña reunión no aparecía. Tenía que llegar para iniciar la sesión, aunque no decidiría sobre el destino de lo que allí pasaría, su presencia era importante para conducirla. Sólo se ceñiría a su reglamento, escucharía la exposición de las partes, reconocería la importancia de los que la tuviesen y establecería el orden de preferencia de cada quien.







De entre los concurrentes, resaltaba uno por su exagerado perfil bajo y su traje de color blanco. Su expresión era deleznable y repugnante, parecía estar asqueado e incluso asustado. Parecía querer irse pero se encontraba constreñido por los demás quienes le dirigían tétricas y devoradoras miradas de rato en rato. Se esforzaba por no ver a nadie, por pasar desapercibido. Incomodidad, vergüenza, timidez. Mientras los demás esperaban el inicio de la sesión, él esperaba que todo acabara pronto, puesto que huir no contaba como posibilidad.





Minutos más tarde llegó el encargado de presidir la sesión y con un “buenas tardes”, dio por iniciado el Procedimiento Concursal.





Antes de pronunciar alguna palabra más, se dedicó a observar a cada uno de los participantes. Sus lustrosos trajes negros dotaban de solemnidad a la sala. También observó al hombrecillo del traje blanco y no pudo evitar sentir algo de lástima por él. Aprovechando aquel silencio, todos preparaban sus documentos y repasaban mentalmente sus argumentos. Todos menos el hombrecillo desapercibido, quien sólo movía frenéticamente sus dedos en un enfermizo y continuo vaivén.







Entonces, el sujeto que precedía la sesión se sentó en la silla libre y en voz alta proclamó “en orden expondrán sus motivaciones”, instando a los demás a prestar atención.





En orden aleatorio uno a uno fueron explicando las razones, motivaciones y los documentos que sustentaban sus pretensiones a la obtención del mejor orden de prelación ansiado. El presidente los observaba y anotaba, consultaba su reglamento, los escuchaba y participaba para aclarar algún punto controvertido o confuso en cuanto a la correcta interpretación y aplicación de la norma. Pronto terminaron su exposición, el hombrecillo de blanco sólo se limitó a escucharlos pues tampoco podía participar.





Una vez culminada la fase expositora, con solemne voz, el presidente leyó la lista que había confeccionado. Se reconocieron ocho órdenes y se les dio a los participantes de traje negro carteles con el número de orden que les correspondía.





Entonces, el sujeto de blanco, aquel hombrecillo de perfil bajo que se había mantenido callado durante la exposición de los demás, adquirió un repentino protagonismo al expresar su conformidad con los órdenes establecidos. Y de ahí en adelante él sería el completo centro de atención de lo que restaba de sesión.





Pronto anocheció y por el ventanal del techo ahora se colaba la luz de la luna llena, dándole un aire tenebroso a la sala. Comenzaba así la fase repartidora.





Unos cuantos pasos al frente y el melindroso hombre de blanco se hallaba en el centro de todos. Rápidamente el número uno tomó de aquel lo que le pertenecía. Y así, en orden pasaron al frente uno por uno y le quitaron al hombrecillo lo poco que le quedaba. El último ni siquiera tuvo que hacer esfuerzos, pues sólo cogió la parte que sobró.





Fue hasta terminar la repartición que recién se percibió el hedor. Los hombres de negro estaban más que acostumbrados a esta sensación, puesto que se apersonaban a muchísimas diligencias de este tipo. A pesar de ello, era inevitable el gesto de asco en sus rostros, así como el alivio por haber culminado ya. El que se encontraba realmente sorprendido era el presidente, pues había sido la primera vez que tenía a su cargo dirigir una sesión de estas. Siguiendo su reglamento, dirigió unas palabras finales a la concurrencia, no sin antes pedir que guardaran en cajas el botín que se llevarían.





El presidente fue el primero en abandonar la sala. Luego salieron los demás dejando atrás lo que había sucedido y conversando de esto y aquello, de cosas cotidianas y banales. Salieron con las manos rojas por la sangre, portando en una mano la maleta de sus herramientas y documentos. En la otra, cajas de formas diversas, dentro de las cuales se hallaban la cabeza, las piernas, los brazos, la cadera, el pecho, el abdomen, los testículos y las manos – estos últimos iban en cajas más chiquitas. Esas ochos cajas contenían el cuerpo segmentado del hombrecillo de blanco.





El Procedimiento Concursal había cumplido su cometido, había dado a sus acreedores lo último que poseía el miserable deudor. A pesar de que algunos acreedores no estaban tan conformes con el orden establecido, pues era realmente asqueroso tener que lidiar con tripas llenas de comida a medio digerir, ya se habían cumplido las obligaciones impagas y se había terminado el día dejando a su paso una sala con nueve sillas vacías; un piso regado de sangre, fluidos, pellejos y astillas; las paredes humedecidas, un traje blanco despedazado y ensangrentado; y una sensación de escalofrío impregnada en el joven presidente.


*Procedimiento Concursal, es aquel promovido a instancia del deudor, por pedido de uno o más acreedores o de oficio (es decir por el Indecopi, mediante su comisión de procedimientos concursales), es básicamente una ejecucíón colectiva de los acreedores contra su deudor común.

1 comentario:

Alexander dijo...

esa mente que hechiza al lector, ese afan por demostrar que existe algo mucho mas alla de nuestras narices, ese talento que se desarrolla amplia y sorprendentemente en cada post, hace esta historia una de las mejores -queriendo decir con esto que todas son muy buenas-.
Sorprende la tranquilidad con lo que lo llevas, las pausas que te permites, dejando al condenado y el acto salvaje como parte del dia a dia, que simplemente pasa porque es asi. Sera, creo yo, que mi epoca es otra y no lo logro verlo a tu manera, aunque esta, creeme, me fascina.
Un abrazo, entonces, para quien tiene la voluntad narrativa de escribir lo que se nazca del pecho, de las entrañas, del alma.