miércoles, 2 de septiembre de 2009

ESTRELLAS

El día renació con un mágico albor celestial, tal resplandor no tenía comparación alguna, me hacía sentir feliz y temeroso a la vez, como si mi alma presintiera que algo inesperado ocurriría, pero estuviese dispuesta a aceptar lo que viniese y como viniese con el corazón abierto de par en par. Era una sensación de esperanza y de plena satisfacción que no sentía desde hace demasiado tiempo, al punto de creer que no existía pues la había olvidado por completo.

Con la cabeza arremolinada por estos sentimientos, paseaba yo por la calle distraído y tarareando una canción que me hace sentir muy bien, ocupando mis ojos en pantalones apretados de mujer. Una limosna amigo para poder comer el día de hoy – me dijo una voz débil pero ronca y tosca a la vez. La impresión que me llevé fue muy dura; se trataba de un hombre, yo calculo de unos 53 años, su rostro reflejaba los achaques de su edad, una vida cruel y dura, y claro, la miseria a la que estaba sometido todos los días, con su intimidad de vereda observada totalmente por unos seres cruentos que no se inmutan ante su presencia, que no lo miran y, si lo hacen, es solo para expresar rechazo y repugnancia. Seres que son como él pero diferentes a la vez: los humanos.

Ten... – titubeé un momento. Mejor no, si te doy sólo ésta moneda estaría siendo mezquino con un hermano – pensé. Ven, ven conmigo – le dije, en un arranque de amor por los hombres; en un arranque inspirado por un cielo mágico con estrellas que brillan aun de día.

Fuimos a una bodega, compramos pan, leche, galletas, mantequilla y papitas fritas. Yo quiero eso – me dijo entusiasmado. Esos son chicles – le dije – eso no te llenará la barriga y mucho menos saciará tu hambre. Entonces, soltó el pequeño paquete con algo de desilusión, mientras miraba con atención el empaque plástico de llamativos multicolores.

Todo lo comió muy rápido. Y ya era tarde, y el sol se escondía para dar paso a la luna y a la noche que cubriría el resplandor mágico de este día que se iba acabando. Y las estrellas brillarían, pero ahora en la noche, y todo el mundo – hasta los perros – podrían verlas brillar. Esas estrellas mágicas que suelo ver de día, que no siempre resplandecen como hoy, lentamente se desvanecían y escondían.

Desperté. Una limosna amigo para poder comer el día de hoy – le dije al señor de traje que pasaba; calculo yo tendría unos 53 años, su rostro reflejaba una vitalidad proporcionada por el estilo de vida que de seguro llevaría: una vida fácil, cómoda y frívola, alejado de seres que le eran completamente indiferentes, seres como yo que somos tan humanos como él. Sólo me miró con desdén - ¡aléjate miserable, trabaja! – me dijo con brusquedad, sin saber mi drama.

Sólo soñé ser uno de ellos en un mundo cambiado, un mundo al revés. Quizás nunca este extraño sueño se haga realidad. Quizás pronto lo haga. Lo único seguro es que seguiré viendo el cielo del día colmado de estrellas de la noche. Y eso es suficiente para mí.

Una limosna amigo para poder comer el día de hoy…

1 comentario:

Alexander dijo...

Increible. Creas en mi unas ansias casi insoportable por saber q demonios, maldita sea, pasara luego. Sigo con la lectura, lento, leyendo una o dos veces cada parrafo, y todo indica una cosa, un obvio final; sin embargo, de subito, cambia. Y logras q las letras tengan otro sentido. Me enterneces, haces que vague una y otra vez por el sendero de la curiosidad, del desconsuelo, del arte.
Una mente maravillosa. Un final, para variar, inesperado. Tienes todo lo que se necesita.