miércoles, 2 de septiembre de 2009

VAINILLA




Vomitar. Cuando estoy cerca de ella suelo vomitar. Ella huele muy bien. Olerla me descompone hasta la náusea. Para disfrutar de su olor, primero tengo que vomitar, primero tengo que sufrir. Un dolor agudísimo recorre todo mi cuerpo, desde las tripas hasta el cerebro quemándome por completo, luego se esparce lentamente hasta la punta de todos mis dedos y, enseguida devuelvo una especie de licuado de sesos e hígado. Ella se acerca a mí y con demasiado amor limpia el suelo y me sonríe. Y yo soy feliz porque el aroma nauseabundo de ese líquido negruzco desaparece al disfrutar su maravilloso aroma.

Mi mamá está conmigo siempre y es lo que más amo en este mundo. Sé que criarme le fue muy difícil por lo enfermizo y pusilánime de mi salud, por mi conducta aislada y retraída. Yo sólo quería estar a su lado para sentirme seguro, protegido y feliz. E inevitablemente vomitaba, luego era feliz.

Ella también disfrutaba al estar conmigo. La veía a los ojos y pareciera que el tiempo fuera inagotable, una caricia suya podía durar diez millones de años. Y yo deambulaba por el espacio sideral en busca de un planeta que nos pudiera albergar a los dos, un lugar remoto donde el sol no se ocultara jamás, donde la aves revolotearan sin parar y no huyeran de nosotros, donde no exista nadie más que ella y yo.

Ella era muy linda y encantadora. Su suave y blanca piel me gustó toda la vida. Pero no sólo a mi me gustaba. Él también andaba perdido por ella. Odiaba verlos tan cerca. Él sólo era un decorado del ambiente comparado conmigo, yo tenía ganados su corazón y su voluntad. ¿Debía acostumbrarme a esa escena tan terrible y aceptarla porque sabía que ella me prefería a mi antes que a él? No. La guerra se había declarado y yo nunca perdería.

Los momentos más felices de la infancia los pase junto a mamá. Mi padre siempre me mantenía al margen de todo, como si yo fuese un mueble inservible y cochino. El perro era su preferido - aunque fuera inservible y cochino - mamá lo bañaba y le daba de comer, tenía que hacerlo aunque le costara trabajo y unas buenas mordidas en la mano. Un día cuando íbamos a almorzar pateé al perro para que se fuera y me dejara comer; entonces él me vio, escupió flema verde en mi plato y me obligó a comer. Yo comí por miedo a ser golpeado. Más tarde busqué al perro, hice que me mordiera en la pierna derecha y mi mamá lo mandó a matar. Mi padre se puso muy triste por el perro y alterado porque discutió con mamá. Yo fui muy feliz aquella tarde porque ella estuvo a mi lado atendiendo mi magullada pierna.

Si se metían conmigo la pagarían, si se metían con ella también.

Los años pasaron y día con día yo era más importante para mamá. Me dejaba ayudarla, pero sólo un poco pues era inevitable que tarde o temprano vomitara. Mi padre, en cambio, me ordenaba hacer cosas tontas como acomodar esto o aquello o que coma toda la comida o que me lave las manos después de salir del baño o que me vista de tal o cual forma. Me sentía desplazado, él quería usurpar mi lugar, casi no me dejaba espacio para estar con ella, quería que sólo lo quisiese a él y que se olvidara de mi.

No podía querer a una persona como él. Una persona que me engañó durante mucho tiempo y que me hizo jugar sus invenciones estúpidas; felizmente, y a tiempo, había abierto los ojos a la realidad, ya no podría engañarme más.

Un día de sol salimos los dos al jardín, era perfecto. Ella tomaba mi mano y sonreía diciéndome que me quería, estaba pendiente de mi seguridad también. No había espacio para nada ni nadie más, era un momento infinito y único que nos pertenecía solamente a los dos. Pero todo se perturbó cuando mi padre intervino en nuestro momento. Mi madre lo invitó a participar y, con una sonrisa hipócrita, se unió a nuestra perfección corrompiéndola y tornándola asquerosa y horrible. Fue en ese momento que algo en mi despertó, una sensación extrañamente incomoda que ya había percibido antes, pero no con la intensidad con la que se presentaba ahora. Y los veía a los dos sonreír, sin pasar por el sufrimiento previo a la felicidad, llamándome por mi nombre e invitándome a unirme a aquel momento usurpado por mi padre y que minutos antes era mío y de ella. Corrí hacía el rincón con las manos sobre los oídos a refugiarme entre los nardos y las rosas de mamá. Estaba sufriendo mucho pero de manera distinta; esta vez no vomitaba, esta vez estaba llorando y renegando, odiando al hombre que me había criado hasta entonces, maldiciendo a mi madre, aborreciendo mi existencia.

Solo. Siempre solo. No hay nadie a mi alrededor. Ahora no sufro, no lloro, no odio. He aprendido que no necesito sufrir para ser feliz. He aprendido que en el mundo real no existe la felicidad. Encerrado, sólo me queda vivir de mis preciados recuerdos, mis hermosos recuerdos dentro de un mundo que sólo existe para mi y en donde ella es la reina y es eterna, nunca mas sufriremos pero seremos felices porque sólo nos tenemos el uno al otro. Y mi mundo es perfecto. Lo erigí con mis propias manos utilizando medios y herramientas inverosímiles. Nunca nadie entendió cómo. Nunca nadie supo nada.

Yo no sabía que era ser hombre o que era ser mujer. Sólo sabía que mi madre era ella y que mi padre era él. ¿Qué sería yo? Aún no lo sé. Nunca pude notar la diferencia. Mi padre vestía con pantalones y mamá con vestidos pero a veces se ponía pantalones también. Mi mamá me vestía con pantalones y camisa, pero mi padre se divertía vistiéndome con faldas y vestidos ridículos que luego me quitaba o hacía que me quite para filmarme y después ver esas grabaciones una y otra vez en las que aparecíamos los dos jugando lo que él se había inventado. No me gustaba jugar con mi padre, pero él me decía que un padre y su hijo siempre deben jugar y pasar “tiempo de calidad”, que primero debía sufrir para luego ser feliz, que esa era la ley de las cosas y me lo repetía una y otra vez. La circunstancia feliz llegaba cuando me dejaba ir con mamá a preparar galletas de vainilla.

En ese preciso momento, atrás de los nardos y las rosas de mamá, vinieron de golpe aquellas horrendas imágenes que acabo de mencionar, y de pronto comencé a entenderlo todo. Se trataba de un ser despreciable que me había lastimado demasiado y que ahora quería lastimar a mamá. Con sus sucias manos tocaba su cabello y con su fétida boca besaba sus labios. No lo permitiría ni un momento más. Corrí hacia él con toda la fuerza y la ira que pude acumular en mi frágil cuerpo, en mis manos sujetaba fuertemente las rosas de mamá y sus tallos lastimaban mis manos haciéndolas sangrar. Rodeé su cuello con aquellas espinas ensangrentadas y tiré de ellas con toda mi alma, con todo mi corazón, con todo mi amor. Y ella sufría. Y yo vomitaba.

Nosotros somos sólo dos. Pongo la mesa para dos y jugamos ajedrez que sólo es para dos jugadores. Eran buenos tiempos con mamá. Sabía que después de verla sufrir tanto sería muy feliz. Yo me encontraba en espléndida forma, mejor que nunca. Aún vomitaba al tenerla cerca y sentir su aroma. Aún volaba por las nubes y seguía siendo feliz con ella.

Pero en el mundo real nada es eterno.

Ella me ama. Yo lo sé. Me lo ha dicho diez millones de veces. Pero siempre quieren usurpar mi lugar, siempre quieren quitarme el amor de mamá. Le demostraría a cualquiera que ella era sólo mía y que nadie me la podía quitar. Ya había ganado la guerra una vez, fácilmente podía ganar una y diez millones de guerras más.

Yo flotaba en el cielo en medio de las nubes, no existía nadie más que ella y yo, el mundo entero era para los dos. Acariciaba su pelo, miraba fijamente sus ojos y ella miraba con temor los míos, le decía que la amaba y que nada nos separaría, ella me decía que me amaba también con un temblor en la voz y, finalmente, cuando quise demostrarle todo el inmenso amor que sentía por ella, lloraba y gritaba, me decía no lo hagas, hijo no lo hagas. Y no pude hacerlo. Me botó de encima y corrió despavorida. Como si hubiese visto un monstruo. Corrió a buscarlo a él.

Me sentí muy mal. Estaba sufriendo. Entonces ya vendría el momento feliz. Pero nunca llegó. Mi mamá tampoco estaba feliz. Más bien ella estaba inmersa en un sufrimiento enorme y duradero. Entonces, ¿cuándo sería feliz? No dejaría que él le hiciera daño. Porque ellos siempre la quieren dañar. Decidí entonces mostrarle todo mi amor aunque suframos en el proceso.

Finalmente le hice el amor. Una, dos, tres, cuatro, diez millones de veces; pero ella no sonreía más para mi. Ya no habla conmigo, yo ya no vomitaba y ya no percibía la fragancia celestial de mamá. Esa no era ella. Era falsa, era una impostora. Me la habían cambiado por alguien sin alma.

La gente decía que estaba loco. Que era un enfermo. Yo no entendía nada. ¿Era acaso, tan malo amar a alguien? ¿Era perverso o cosa de locos sentir amor por ella?

Tres hombres extraños me cogieron por la espalda y me golpearon duramente. Recuerdo que hubo muchísima gente en la calle ese día, más de la que había visto en toda mi vida, todos gritándole a un loco y a un enfermo y haciendo mucho ruido también. La impostora había sido eliminada por fin, yacía tirada en el jardín, al lado de mi padre enterrado, bajo un olmo muy frondoso donde mamá y yo solíamos conversar y ver aves volar.

Pero ella no estaba, se fue. ¿Acaso me abandonó? Quizás porque pensó que yo ya no la amaba y prefería estar con la impostora que con ella. Los hombres que me cogieron me prometieron ayudar a encontrarla, no podía estar sin mamá.

Postrado en un lugar sin color, sin sueños, sin esperanzas y sin ilusiones; en un total olvido y donde no existen el pasado, el futuro o el presente, donde no se sabe si el tiempo va hacía atrás o hacía adelante, recordé el mundo foráneo - ese mundo al que llaman real - cuando vivía con ella. Recordé derrepente mi vida en un mundo de mentiras, en un mundo ajeno que no fue creado para mí; vomité las entrañas y recordé, al sentir diseminado por el aire ese suave y dulce perfume de vainilla.

7 comentarios:

Alexander dijo...

rapida, interesante, lucida, nostalgica, cruda y conmovedora. No podia esperar nada menos de ti.
No creo tener mucho que opinar sobre el cuento en si pues esta muy bien narrado. Termina siendo sorpresiva, con un final inesperado, aunque justo por la crudeza y fuerza de la trama.
Eres dueña de una prosa agil y encantadora. Espero con ansias, y con menos uñas, tu proximo post.
Un gran comienzo.
Un abrazo.

Dayann dijo...

Me has dejado sin palabras, llegue a percibir primero el aroma dulce de la vainilla.. vaya k tienes toque para escribir, me llevaste de la mano, de una historia dulce e tierna, a un giro crudo.. komo diria Alexander.. "me llevaste como en una montaña rusa".. Esplendida la manera en la k escribes!! kon kariño Dayann ..
Estare visitandote si me lo permites!

Anónimo dijo...

Muy interesante, me ha gustado. Fuerte, con su dosis de intriga,pero que poco a poco se va desencadenando el final. el que no lo entiende pufff...en finn

Anónimo dijo...

felicitaciones edith eres lo maximo!... esta bravazo tu cuento sigue asi...! vamos tu puedes...!!!!!!!!!!!

Anónimo dijo...

que viva edith!

Anónimo dijo...
Este comentario ha sido eliminado por un administrador del blog.
Anónimo dijo...

edith eres lo maximo tu vas a ganar!!!!