miércoles, 16 de junio de 2010

EL CHICO ITINERANTE

Cuando regresó a casa de su padre notó que definitivamente las cosas habían cambiado. Tal como lo imaginaba, nada era igual. De ser alguien medianamente aceptado pasó a ser el repudiado horrendo y mugroso. Ya nadie cruzaba palabra con él, y si lo hacían, era solo para increparle sus acciones.

Él pensaba que gran parte de la culpa la tenían la nueva esposa de su padre y sus dos hijos. Era una mujer a la que solo le importaba que su padre la mantenga a ella y a sus hijos, ella a cambio le daba sexo. El chico se sentía traicionado una vez más. Primero había sido su madre. Ahora su padre, y más que odio, sentía desprecio hacía él.

Años atrás su madre le había pedido el divorcio a su padre en un arranque de frenetismo feminista y egoísta. El dinero no era suficiente para cubrir con los gastos de una familia joven dividida por los sueños incompatibles de unos muchachos que, jugando a ser grandes, se vieron obligados a dejar sus ideales en el olvido.
 
En un contexto tan conflictivo creció él. Engreidísimo los primeros años de vida, aborrecido en la adolescencia. Había descendido estrepitosamente del cielo al infierno. De amar a sus padres pasó a odiarlos con fervor. El cariño y el amor que le debían como hijo, era entregado a dos completos extraños que no compartían la misma sangre con ellos, pero que sin embargo, representaban la felicidad de aquellos dos que lo trajeron al mundo y que lo expulsaron de su vida sin reparo.
 
Él creía que la culpa era suya, y la re direccionaba contra las nuevas familias de sus padres, pero la disfrazaba como rebeldía y desprecio. A pesar de todo, él los amaba demasiado y se encontraba muy lastimado. Nunca lo admitiría. Se pasaría el resto de sus días negándoselo y negándole al mundo sus reales sentimientos.
 
El chico era retraído al extremo, era vago también. Se pasaba el día encerrado en el que todavía era su cuarto, ensimismado al punto del autismo. En la calle y en casa de sus amigos aprendió a consumir drogas y a beber alcohol. Su cuarto era el muladar preferido de las ratas del vecindario. Pero a nadie le importaba, nadie limpiaba, nadie entraba a su habitación.
 
Hace unos meses le dijo a su padre que se iría a vivir con su madre y abandonó su casa. Al llegar donde ella pensó que sería bien recibido y que inclusive, su madre le pediría perdón y trataría de recuperar el tiempo perdido. No fue así. El nuevo marido de su madre era un alcohólico y mujeriego. Su madre vivía renegada de la vida, pero con las comodidades que siempre soñó. Estaba embarazada pero pese a ello, su marido le pegaba religiosamente todas las noches. El chico no podía soportar ver esto, quería defender a su madre pero era demasiado débil para intentar hacerle frente. La impotencia que sentía lo empujaba a confinarse en su cuarto en donde bebía los licores que lograba robarse de su padrastro. Hasta que un día se robó un whisky muy caro y se acabaron la botella completa entre él y su amigo. Entonces su padrastro notó la falta y de inmediato le echó la culpa, pero como el chico estaba totalmente ebrio no se dio cuenta de lo que pasaba, entonces su padrastro sacó un arma y golpeó con ella a su madre en la cabeza hasta quedar desmayada. El chico reaccionó, se le aventó encima, y en el forcejeó un disparo se incrustó en el pecho del señor. El chico muy asustado corrió de aquella casa sin parar y sin mirar atrás, luego se quedó dormido.
 
Cuando despertó era de día y la gente ya caminaba por las veredas para ir a trabajar. Se dio cuenta que tenía el arma en la manos, la tiró a la basura y fue de regreso a casa de su padre. En el camino se encontró con su amigo, que aún continuaba ebrio por el whisky de la noche anterior y juntos fueron a drogarse un poco bajo el puente que separaba a la gente pobre de la gente rica de la ciudad.
 
Transcurrieron dos semanas bajo el puente, tapado con el mismo plástico azul para protegerse del frío y de la lluvia. No sentía hambre y no recordaba nada de lo sucedido, al fin y al cabo a nadie le hago falta, pensaba mientras escribía su nombre en los ladrillos salitrosos del puente con unas hojas de geranio que tenía al costado. Se encontraba en una situación tan miserable que la gente que pasaba le daba limosna y panes duros. Ya tenía un perro a su costado, que muy sabiamente, se unió a él bajo el puente para calentar juntos sus cuerpos y que el frío no lo mate.
 
Un día despertó y pudo notar que no estaba en su cuarto porque no estaban las ratas que habían formado un nido entre su ropa vieja y sucia, ni tampoco escuchaba los gritos de los hijos de la mujer su padre. Se levantó, y el perro con él, y ambos fueron de regreso a la casa de su padre.
 
En el camino se topó con su amigo, esta vez estaba sobrio y lo invitó a tomar un poco de vodka en su casa. No aceptó ir hasta que su amigo aceptó que vaya también el perro con ellos. Al llegar a esa casa bebió y comió muchísimo, estaba con hambre y también le dio comida al perro. Una vez conscientes los dos separaron sus caminos: el perro salió de la casa con dirección contraria a la del chico, quien se fue de inmediato a la casa de su padre.
 
No entendía muy bien lo que había pasado pero quería regresar al que todavía considera su hogar. Cuando llegó lo esperaban juntos su padre y su madre. Y su felicidad fue inevitable, aunque solo le duró un segundo porque tras ellos un oficial de policía lo esperaba para llevarlo preso. No lo recordaba, pero el chico había matado a su padrastro, en defensa de su madre, pero ésta nunca declaró a su favor y lo único que hacía era llorar a su marido muerto y maldecir e insultar al chico por el homicidio cometido.
 
Era horrible todo lo que estaba ocurriendo con el chico, era tan horrible que era preferible que se encontrase muerto. Él amaba tanto a sus padres, los amaba con todo su corazón y con todas sus fuerzas, pero lo estaban defraudando una vez más, una vez más lo dejaban desamparado, una vez más lo odiaban, una vez más lo alejaron de sus vidas. Por fin se habían deshecho del chico que para ellos era un estorbo y un error fatal en sus vidas. El chico los amaba y estaba sufriendo demasiado. A dónde iría a parar todo ese amor que sentía por ellos.
 
Pasaron algunos años, salió de prisión visiblemente cambiado y con un solo objetivo: nunca más se separaría de sus padres, los buscaría y haría todo lo posible para que nunca se vuelvan a separar. Y eso es precisamente lo que hizo.

Luego de acechar varias noches, encontró a su padre caminando con dirección a la avenida. Se interpuso en su camino, le dijo que había salido de prisión para buscarlo y para que nunca más se volvieran a separar. Entonces su padre se negó a vivir con él y su madre otra vez, pero el chico se las ingenió para que su padre aceptara.
 
Y así los dos fueron a buscar a su madre para vivir nuevamente los tres.

Acecharon a su madre durante dos días y notaron que en las noches nunca salía de casa porque cuidaba a su nuevo bebé. Entonces decidieron entrar y convencerla para que viniera con ellos. Su madre estaba realmente asustada e intentó llamar a la policía, pero tuvo que colgar al ver el rostro compungido del padre del chico. Le pidió perdón de rodillas y con lágrimas abundantes le dijo que no podía ir con ellos porque tenía un bebé al que debía cuidar. Al final el chico se las arregló para que su madre también aceptara volver a ser la familia que fueron un día.

Cuentan que en las noches se puede ver a un chico que deambula por las calles con dos cabezas humanas en cada mano: una cabeza es de un hombre y la otra de una mujer, ambas con expresiones de horror y tristeza a la vez. Cuentan que este chico conversa con ambas cabezas a las que les dice papá y mamá, las abraza y sonríe, y que camina con un perro a su costado que parece ser la mascota de esa extraña familia. Cuentan que este chico vive bajo el puente que separa la ciudad en dos zonas: la de los ricos y la de los pobres. Este chico juega y corre por allí dentro de la burbuja que el inmenso amor que sentía logró crear para protegerlo de morir, el amor fue más fuerte que cualquier otra cosa e hizo que él viva feliz eternamente, al lado de las dos personas que más daño le hicieron en este mundo, pero que sin embargo él amaba.
 

1 comentario:

Alexander dijo...

No sabria muy bien que pensar.
Me gusto la agilidad de la primera mitad del texto. Conforme avanza parece irse por las ramas, y, casi de inmediato, buscar un recurso desesperado para no perder el ritmo establecido.
El final me sorprendio, obligo a que pensara si todo lo anterior habia pasado o lo estaba soñando.
En fin.
Interesante, señora. Aunque, claro esta, puede sorprenderme con algo mas.
Un abrazo.